A lo largo de nuestra vida, vamos aprendiendo y resolviendo problemas muchas veces costosos. Al igual que tenemos muchas virtudes, espero que todos sepáis las vuestras ya que es muy importante quererse y admirarse a si mismo, también poseemos algún que otro defecto. A algunos nos cuesta mucho madrugar, otros no saben callar en el momento preciso, a otros les cuesta escuchar y prestar atención, y somos muchos los que vamos perdiendo las llaves o tarjetas del bus por la vida. No hay personas perfectas y de ello nos tenemos que dar cuenta.
El otro día leí un artículo en una revista que me hizo recapacitar. La autora, Carmen Posadas, hablaba sobre su inconformismo. Desde pequeña había luchado contra lo que para ella era uno de sus grandes defectos. Muchos de nosotros pensamos que ser inconformista no es nada malo. El inconformismo es el motor que hace que nos pongamos las pilas, es eso que nos recuerda a donde queremos llegar y por lo que debemos luchar. Gracias a ello, cada día logramos nuevos proyectos de los que nos sentimos muy orgullosos. Pero el problema del inconformismo es que no te deja disfrutar de ese momento de satisfacción ya que estas pensando en nuevos propósitos. Claro está que todo tiene una dosis en la vida, pero este tipo de personas lo ven todo muy radical.
En un momento así no hay nada mejor que oír el testimonio de una mujer que a sus 16 años perdió un brazo y una pierna en un accidente de tráfico, lo que no le quitó las ganas de seguir adelante. Es entonces cuando nos damos cuenta de las pequeñas alegrías de la vida.
Por todo esto, yo, otra persona inconformista, no dejo de pensar que este sentimiento es necesario en mi vida, ya que sin él no sería yo, pero hay veces en las que no todo significa “más y más”. Hay que pararse, observar y admirar todo lo que está a nuestro al rededor, ya que esto no es poco.
Nerea Medieville
